Los hijos de octubre
Las figuras de Juan José Arévalo Bermejo y Juan Jacobo Árbenz Guzmán son dos de las más emblemáticas en la política de Guatemala desde el inicio de la era republicana. Estos líderes fueron los presidentes de la Revolución de 1944, un fenómeno político que se destaca como el más interesante para la democracia en este país. A continuación, esbozaremos varias razones que explican su relevancia y vigencia.
Antes de la revolución, acuerdan los estudiosos, Guatemala había vivido la condena eterna de dictaduras nominalmente “liberales”, que ligaron los destinos de Guatemala a la relación desigual establecida por las potencias mundiales —especialmente Estados Unidos, durante el siglo XX— no sólo con este país centroamericano, sino con el resto de las naciones de una América Latina desunida y débil.
El siglo XX hizo patente la hegemonía de Estados Unidos en la región, y la doctrina Monroe, nacida bajo la excusa de ayudar a las naciones latinoamericanas a alcanzar la independencia para proteger al nuevo continente de los brazos imperiales europeos, se tradujo rápidamente en la idea de que América era sinónimo de Estados Unidos, y Latinoamérica sinónimo de patio trasero de Estados Unidos. Esto pasaría factura directamente a la Guatemala revolucionaria, cuando el pequeño país intentara practicar por primera vez su soberanía y entrar a la modernidad.
Escribe Bernardo Arévalo, actual presidente constitucional de Guatemala e hijo del presidente revolucionario Juan José Arévalo, en su tesis doctoral, que con «la Revolución de Octubre, la modernidad termina por entrar a Guatemala». No es, por supuesto, el primer texto que señala que la revolución botó «la lógica discriminatoria y violenta en la organización del Estado» en la que se habían cimentado las dictaduras liberales, pero sirve como ejemplo del consenso entre los académicos acerca de los alcances de la revolución en cuanto modernidad política y social.
Una modernidad en los términos descritos por la socióloga argentina Julieta Rostica, que resume los principales cambios estructurales de la revolución:
En primer lugar, apuntó a desconcentrar el poder de una minoría, a incluir a la mayoría de la sociedad en los mecanismos de decisión política y a fundar un nuevo Estado democrático. En segundo lugar, reconoció derechos civiles y sociales, como el fin del trabajo forzado, derechos laborales y de educación, lo cual amplió la ciudadanía a mujeres e indígenas que antes eran discriminados. Por último, prohibió el latifundio y propuso una reforma agraria que modificó la estructura socioeconómica, con una participación determinante del campesinado, el cual se sindicalizó de forma masiva.
La Reforma Agraria fue el gran pecado revolucionario que provocó la reacción conservadora destinada a derrocar la revolución. Aunque el Decreto 900 de esta reforma sólo mandaba expropiar tierras ociosas —pagando a sus propietarios el precio registrado en el Registro de la Propiedad; es decir, un valor razonable y justo—, muchas de estas tierras pertenecían a la compañía estadounidense United Fruit Company y a la oligarquía terrateniente local.
Una reforma de este tipo se asemejaba más a la reforma agraria democrática implementada en Taiwán después de la Segunda Guerra Mundial que a cualquier política agraria de corte marxista. Sin embargo, los intereses de la compañía frutera, junto con sus estrechos vínculos con la recién fundada CIA (Agencia Central de Inteligencia) y el Departamento de Estado de Estados Unidos, fueron implacables contra cualquier iniciativa que amenazara su acostumbrado dominio regional.
El clima geopolítico de la Guerra Fría tampoco favoreció los intentos de soberanía de Guatemala. Los estudiosos del periodo han dicho que la Guatemala de la Revolución fue el segundo laboratorio —el primero fue Irán, un año antes, en 1953— en el que la entonces recién creada CIA ensayó operaciones encubiertas de desestabilización política —o, más precisamente, golpes de Estado—. Guatemala también sería un laboratorio en el que el país del norte experimentó el montaje de sistemas de inteligencia en los países aliados que fortalecieron el brazo militar de la Doctrina de Seguridad Nacional. Dicha doctrina estatuye el clima político-social que predominó en los países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XX, mediante lo que Julieta Rostica ha descrito como
una elaboración compleja de un conjunto de ideas políticas, filosóficas, religiosas y militares sobre la seguridad del Estado que (...) finalmente, se institucionalizó por las fuerzas armadas latinoamericanas desde inicios de la década de 1960 (...) Independientemente de sus expresiones nacionales, la misma tuvo cuatro características principales: una visión organicista de la sociedad y del Estado; el concepto de “enemigo interno” como patología que degenera el conjunto social; una perspectiva negativa de la política que hizo que se lleve a la misma a una mínima expresión, y la constitución de las fuerzas armadas como árbitros políticos garantes de los intereses nacionales.
En otras palabras, es la doctrina que instituye el terrorismo de Estado de las dictaduras militares latinoamericanas en el clima geopolítico de la Guerra Fría, época que se ve inaugurada precisamente con el derrocamiento de Jacobo Árbenz, presidente de Guatemala democráticamente electo.
Guatemala, un país con una revolución democrática de corte liberal que buscaba abrirse paso como un estado capitalista moderno, fue el objetivo militar de una potencia que en su discurso se autodenominaba garante de la democracia y el capitalismo. Los hechos históricos indican que la modernidad es algo vedado a los Estados que no son potencias militares en este sistema global. Por el contrario, sus territorios son destinados a la extracción de materias primas y de mano de obra barata.
Los remanentes de la revolución
El discurso de renuncia del presidente Árbenz subrayó el carácter de las «fuerzas oscurantistas» que derrocaron a su gobierno, intentando devolver a Guatemala a un estado anterior a la revolución. Sin embargo, las cosas nunca vuelven a ser lo que eran. Aunque suele repetirse el cliché de que debemos aprender de la historia para no repetirla, es imposible repetir el pasado.
Con la caída del gobierno de Árbenz y la imposición violenta de la contrarrevolución, varias de las conquistas revolucionarias fueron revertidas. No obstante, algunas de ellas lograron consolidarse y se incorporaron de manera definitiva en la cultura política del país. Resulta innegable que instituciones fundamentales, como el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), así como diversos derechos ciudadanos y laborales, representan logros de la Revolución de 1944 que han perdurado hasta la actualidad.
La Reforma Agraria, que había sido prácticamente revertida con la Contrarrevolución, situó la problemática de la tenencia de la tierra en los ojos ciudadanos. La nueva ciudadanía extendida por la revolución (ahora indígenas y mujeres podían, por ejemplo, votar…) había aprendido, a través de esta sustancial reforma, a participar activamente en la defensa de su derecho a la tierra: la reforma no consistió únicamente en dar en usufructo tierras ociosas, sino en que la gente se organizara de forma colectiva para hacerse partícipe de estos derechos negados históricamente.
A partir de la reforma, era imposible volver a tapar con un dedo el ardiente sol de la problemática agraria de Guatemala, que exigía algún tipo de salida. La versión contrarrevolucionaria de la reforma agraria se tradujo en la colonización de tierras en lugares inhóspitos del país, bajo un ordenamiento que obedecía a los intereses de las dictaduras militares herederas de la contrarrevolución.
El Ejército también fue una de las instituciones estatales visiblemente beneficiadas por la modernización impulsada por la revolución. Paradójicamente, los altos mandos de esta institución se doblegaron ante los sobornos de los agentes estadounidenses, en lugar de enfrentar militarmente al penoso ejército de la Liberación, el cual había demostrado su debilidad al ser derrotado por el alzamiento de los cadetes el 2 de agosto de 1954. Cabe destacar que esta demostración de fuerza fue más un acto de reivindicación del orgullo militar de los cadetes, humillados previamente por la soldadesca liberacionista en un decadente episodio en un prostíbulo de la capital. Sin embargo, sirvió para evidenciar que el ejército liberacionista no tenía la capacidad de derrotar al ejército de la Revolución. En cambio, fueron las operaciones de terror psicológico y propagandístico de la CIA las que determinaron el derrocamiento de la revolución: la ciudad capital fue bombardeada por aviones de guerra estadounidenses, advirtiendo a los militares guatemaltecos la fuerza desproporcional de un enemigo externo.
El historiador uruguayo, Roberto García Ferreira, describe este elaborado plan de la inteligencia americana, del cual la parte militar fue apenas la punta del iceberg:
La CIA (...) desde fines de 1953 trabajaba en un plan encubierto destinado a “remover” al presidente Árbenz. Como hoy sabemos por documentos desclasificados, una parte importante de ese operativo preveía la puesta en práctica de operaciones de propaganda tendientes a desprestigiar a los gobernantes guatemaltecos. Guatemala debía quedar aislada internacionalmente y con este objetivo se difundieron por todo el continente “informaciones”, “notas” y “cables” que insistieron una y otra vez, en que Arévalo y Árbenz se habían dejado seducir por el comunismo soviético, un hecho grave que ponía en duda la hermandad hemisférica.
¿Por qué hablar de la Revolución de Octubre ochenta años después?
El desenlace trágico de la revolución inauguró un ciclo de violencia de Estado que marcó la historia de la segunda mitad del siglo XX en Guatemala y de Latinoamérica. La esperanza destrozada. La revolución guatemalteca y los Estados Unidos (1944-1954), el libro del historiador italiano Piero Gleijeses, es uno de los libros de consulta más importantes para entender el periodo revolucionario y su particular ocaso. El título lo resume todo en dos palabras (Shattered Hope, es el nombre original en inglés); sin embargo, pese a lo que significó el ocaso revolucionario para la historia de Guatemala, con el paso de los años, la revolución, en vez de ser olvidada, está bien guardada en la consciencia colectiva del pueblo guatemalteco.
Este hito histórico es la prueba fehaciente de que sí es posible la construcción de un país diferente a partir de la voluntad popular y de la unidad de los guatemaltecos.
El presidente Bernardo Arévalo ha destacado la vigencia de la Revolución en cuanto a la cultura política heredada a los guatemaltecos. Para él, el carácter unitario de la revolución encontró un equivalente en la movilización social de 2023, cuando la ciudadanía defendió masivamente los sorpresivos resultados electorales. Esta acción devolvió la esperanza de establecer una cultura política capaz de transformar las estructuras corruptas y cooptadas por la cleptocrática de las últimas décadas.
La Revolución de Octubre de 1944 ha sido el epítome de la democracia en Guatemala. A este evento histórico se le ha llamado también «los diez años de primavera democrática». Como se expone a lo largo de este artículo, es el parteaguas histórico con el que la modernidad y la identidad nacional empezó a cobrar sentido.
Autor: Camilo Villatoro

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