Entre madrugadas de escritura, personajes que parecían vivir en casa y complicidades, su familia comparte al Miguel Ángel Asturias más íntimo, fuera de su faceta de diplomático y escritor.
Durante la madrugada, cuando el resto de la casa aún dormía, Miguel Ángel Asturias ya estaba sentado frente a su máquina de escribir. Su hijo, Miguel Ángel Asturias Amado, recuerda que la escritura era para él un trabajo constante, alejado de la idea de una inspiración repentina. Una misma frase podía escribirla diez o quince veces, leer cada versión en voz alta y elegir finalmente aquella que le parecía mejor por su sonido.
“Leía cada frase y la que más le gustaba la recortaba y la pegaba en una página. Entonces, a los 10 minutos ya su lugar de trabajo estaba lleno de goma, lleno de papeles, y la tijera se le perdía. Comenzaba a despertar a todo el mundo: ¡Ayúdenme a buscar la tijera! ¿Dónde está la tijera? Mira, Miguelito, levántate, haz algo, búscame la tijera”, relata Amado.
Un día, su hijo propuso una solución sencilla: atar la tijera a la máquina de escribir con una cuerda. De esa manera, cuando Asturias la necesitara, solo tendría que tirar de ella.
Cuando los personajes viven en casa
La literatura no permanecía únicamente sobre el papel, sus personajes parecían acompañarlo incluso fuera de sus horas de escritura. Durante los almuerzos contaba lo que estaba ocurriendo en sus novelas. Para sus hijos, era como si aquellos seres imaginarios también formaran parte de la vida familiar.
En una ocasión, Amado encontró a su padre caminando de un lado a otro y le preguntó si estaba triste. Asturias le respondió que le había tomado cariño a un personaje, pero que tenía que matarlo. Su hijo intentó convencerlo de prolongarle la vida, aunque sin éxito. Horas después, el personaje había desaparecido de la historia.
"Eso era vivir con un escritor: era vivir con sus personajes, estar dentro de un mundo mágico, dentro de un mundo ideal, pero que a la vez era muy realista en su mundo también",
Miguel Ángel Asturias Amado
Del amor a las letras
Miguel Ángel Asturias trasladaba el amor familiar en su pluma. En una ocasión, padre e hijo decidieron quedarse en casa. Su hijo preparó un pollo a la sal, mientras Asturias observaba con fascinación a los ingredientes durante la cocción. Al día siguiente, el escritor quiso leerle algo de lo que estaba trabajando y, entre las imágenes de “El hombre que lo tenía todo, todo, todo”, apareció la sal.
“Toda nuestra relación con mi papá fue, en muchos momentos, por correspondencia. La relación por carta es lo que uno puede leer de Miguel Ángel Asturias hacia sus hijos: muy hermosa, muy tierna, muy preocupada por la salud de cada uno, por que tomara mis vitaminas, leyera y estudiara”, asegura Amado.
Por su parte, Sandino Asturias, nieto del escritor, recuerda que esa relación entre la vida familiar y la literatura también estuvo presente desde su nacimiento. Su abuelo le dedicó el soneto “Mi nietecito amigo”, en el que expresó la ternura por su nieto y, al mismo tiempo, su esperanza por una Guatemala diferente.
Pero el vínculo entre ambos también encontró una imagen que permanecería durante toda su niñez. El “espejito con ojos”, así llamaba Asturias a su nieto, un niño de ojos grandes en quien decía verse reflejado y a quien adoraba. Aquello se convirtió en una forma de nombrar el cariño y la complicidad que los unió, y que encontró un lugar en la literatura de Asturias.
"Toda nuestra relación con mi papá fue, en muchos momentos, por correspondencia. La relación por carta es lo que uno puede leer de Miguel Ángel Asturias hacia sus hijos: muy hermosa, muy tierna, muy preocupada por la salud de cada uno, por que tomara mis vitaminas, leyera y estudiara",
Miguel Ángel Asturias Amado
Amor y ternura
El amor entre padre e hijo quedó grabado en uno de los momentos más importantes de la vida del escritor. Asturias Amado acompañó a su padre a Suecia para la ceremonia en la que recibiría el Premio Nobel de Literatura. Para asistir, debía vestir frac, una prenda que nunca había utilizado y que le resultaba especialmente complicada. El moño se le caía y la camisa le parecía incómoda.
“Entonces le digo: Papi, yo no me puedo poner esto. El moño se me cae, esta camisa es tan dura… no, mire, yo no voy. Me dijo: Espérate, espérate. Te voy a vestir. Así que vos ahora hazme caso y yo te voy a vestir. Y me vistió”, relata el hijo.
Para Miguel Ángel Asturias Amado, aquel gesto conserva una profunda carga afectiva. La persona que estaba a punto de recibir uno de los mayores reconocimientos de su vida dedicó ese momento a vestir a su hijo.
El hombre detrás del Nobel
Su hijo lo describe como un hombre sencillo, humilde y profundamente respetuoso del ser humano, valores que, asegura, transmitió a sus hijos. Su nieto lo recuerda, sobre todo, como un abuelo afectuoso, cercano y cómplice.
Para Sandino Asturias, la presencia de su abuelo representaba un espacio de unidad familiar y de cariño. También era un compañero de pequeñas travesuras. En casa, Asturias tenía escondrijos llenos de chocolates, y el nieto se convertía en el cómplice perfecto para compartirlos a escondidas.
“Siempre fue un abuelo cariñoso, muy cariñoso; recuerdo esa afectividad de mi abuelo. Posteriormente también fue solidario: nosotros sufrimos persecución en algún momento y él nos acogió en su casa. Viví con él, lo cual siempre reconozco como un gesto de un hombre extremadamente solidario. Pero al mismo tiempo, siempre estaba la frescura de la relación abuelo-nieto”, recuerda Sandino.
Miguel Ángel Asturias falleció cuando él tenía apenas 10 años, pero el tiempo que compartieron fue suficiente para dejar una marca que continúa presente en las siguientes generaciones.
"Siempre fue un abuelo cariñoso, muy cariñoso; recuerdo esa afectividad de mi abuelo. Posteriormente también fue solidario: nosotros sufrimos persecución en algún momento y él nos acogió en su casa. Viví con él, lo cual siempre reconozco como un gesto de un hombre extremadamente solidario. Pero al mismo tiempo, siempre estaba la frescura de la relación abuelo-nieto”,
Sandino Asturias
Una memoria que permanece
Las historias que conservan su hijo y su nieto permiten acercarse a una faceta distinta de Miguel Ángel Asturias. Está el escritor que se levantaba de madrugada para trabajar durante horas, pero también el padre que, antes de recibir el Premio Nobel, se tomó el tiempo para vestir a su hijo.
Su familia conserva esos pequeños momentos que revelan al hombre detrás de la figura literaria: un hombre tímido y observador, profundamente nostálgico de su país y comprometido con las personas que amaba. Un padre y un abuelo que dejó en su familia una herencia de afecto, solidaridad y amor por Guatemala.